Columna: ¿Por qué marchan las mujeres?

Marzo 31 2022 0comment

Columna: ¿Por qué marchan las mujeres?

Columna por Carmen Montes, Consultora Almabrands | Fotografía por Alejandra Urzúa, Consultora Almabrands

Los orígenes del día de la mujer moderna se remontan a principios del siglo XIX donde la transformación del sistema productivo, generado por la Revolución Industrial, impactó fuertemente en las condiciones de trabajo. Por esta razón, las mujeres trabajadoras de la industria textil organizaron, en Nueva York, una huelga el 8 de marzo de 1857 para conseguir salarios más justos y condiciones laborales más humanas. Si bien hay diversas versiones de lo ocurrido, todas dan cuenta de que fueron reprimidas.

Posteriormente, a principios del siglo XX en Europa y Estados Unidos se realizaron manifestaciones de mujeres que, además de reclamar mejores condiciones laborales, exigían que se reconociera su derecho a sufragio. 

En 1945, la Carta de las Naciones Unidas se convirtió en el primer acuerdo internacional en establecer el principio de igualdad entre mujeres y hombres. Dos años después, en diciembre de 1947, la Asamblea General aprobó una resolución por la que se proclamaba el 8 de marzo como el Día de las Naciones Unidas para los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional

Actualmente, en el 8M se conmemoran los derechos logrados por las mujeres en la sociedad y el difícil recorrido que ha implicado alcanzarlos.

No es un día para celebrar ni para recibir felicitaciones por haber nacido con dos cromosomas X. Muy por el contrario, mujeres de distintas edades, grupos sociales, ciudades y países, siguen considerando relevantes, legítimas y justas sus demandas, muchas veces desatendidas o relegadas al cajón de lo no prioritario. Es tal la urgencia y vigencia de las demandas, que las mujeres ese día se toman el espacio público y alzan la voz y pancartas para visibilizar, validar y poner en la agenda pública y social sus reivindicaciones.

La brecha de género o la disparidad entre hombres y mujeres en cuanto a derechos, recursos u oportunidades es una medida que muestra la distancia entre los géneros respecto a un mismo indicador. Y existe información de esto en distintos ámbitos de la vida.

En el mundo laboral, si bien la participación de las mujeres ha ido en aumento, sigue siendo bastante menor que la de los hombres. De acuerdo a los datos de la Cepal, durante el 2020, en Chile mientras la participación masculina fue de un 69%, la de las mujeres alcanzó un 46%. Y la brecha salarial entre hombres y mujeres, en un mismo cargo y responsabilidades, fue durante 2021 de 23% a favor de los hombres

Como se menciona, la brecha ha sido y sigue siendo considerable pero no se acota sólo al ámbito laboral. En la vida política, las mujeres chilenas conquistaron el derecho a voto para las elecciones parlamentarias y presidenciales recién a partir de 1949. En el ámbito doméstico, según datos de Unicef, a nivel mundial las niñas dedican un 30% más de tiempo que sus pares hombres a las tareas del hogar, una brecha que se intensifica a un 50% a medida que se acercan a la adolescencia. 

El pasado 8M, las mujeres chilenas salieron a las calles para protestar por las brechas en distintos ámbitos: la desigualdad, la discriminación, la falta de dignidad, los estereotipos de género y la corresponsabilidad en la vida privada como el cuidado y crianza de los hijos y la realización de tareas del hogar.

Las pancartas levantadas durante esa marcha expresaron con fuerza y claridad el rechazo a prácticas del espacio social, público y privado que dan cuenta de la concepción, valoración y lugar que a las mujeres se les impone o no se les ha permitido decidir:

 “calladita no me veo más bonita”
 “por una educación que nos enseñe a pensar, no a obedecer”
“las niñas no quieren ser princesas, quieren ser alcaldesas”
 “no soy la mujer de nadie”
 “mi cuerpo no quiere tu opinión”

Sin embargo, en los mensajes de esas pancartas encontramos también una protesta vital que tiene que ver con un derecho básico y fundamental: el derecho a vivir libre y sin miedo.

Dejar de vivir con miedo al femicidio, al abuso sexual y a la violación, que por cierto, no son lo mismo. 

“de camino a casa quiero ser libre, no valiente”
“es mi derecho caminar sin miedo”
“que ser mujer no nos cueste la vida”
“no soy histérica ni estoy menstruando, grito porque nos están asesinando”

Este rechazo a tener que vivir con ese temor profundo trae también consigo la protesta respecto a dos situaciones que enfrentan las mujeres: por una parte, la minimización y los eufemismos para referirse a los hechos.

“yo sí te creo”
 “no es abuso, es violación”
“No es NO, sí es SÍ”
“con todas sus letras te digo: es violación”

Y, por otra, dejar de situar la culpa en las mujeres cuando son ellas las víctimas

“nadie me preguntó cómo vestía mi agresor”
“el único culpable en una violación es el violador”
“mujer, la culpa no es tuya”

La negación, incredulidad y cuestionamientos de la ocurrencia de delitos sexuales termina traspasando la responsabilidad a la víctima que se pierde en la culpa. En este contexto, no es improbable que el dolor y el trauma termine dando paso a la rabia. 

El colectivo feminista Las Tesis, surgido en Valparaíso el 2019, recoge con claridad esta protesta que va más allá de la brecha de género: es la protesta contra la violación histórica de los derechos de la mujer: “El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer, y nuestro castigo es la violencia que no ves… Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. El violador eres tú.” 

No es exageración ni capricho que después de 160 años de la primera marcha y más de 70 desde que fue proclamado el día internacional de la mujer, se sigan demandando reivindicaciones, derechos y un nuevo orden social. 

“no es tendencia, es urgencia”
“no somos histéricas, somos históricas”
 “por ti, por mi y por todas mis compañeras”

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