De la brecha social a un abismo de desigualdad: la crisis como retroceso para los grupos de menores ingresos

Julio 07 2020 0comment

De la brecha social a un abismo de desigualdad: la crisis como retroceso para los grupos de menores ingresos

Se dice que las crisis tienen el potencial de hacernos avanzar hacia ámbitos impensados; que son necesarias para generar transformaciones significativas en las sociedades; que más allá de las pérdidas, siempre nos terminan dejando un saldo positivo. Hasta ahora, con más de 100 días de pandemia declarada en Chile, la crisis por el coronavirus parece ser una gran excepción. Y es que para los segmentos de menores ingresos de nuestro país, estos meses, semanas y días de confinamiento y distanciamiento, han significado un retroceso de décadas en cuanto a brechas y desigualdades sociales.

 

En 2017, el PNUD, a través del libro ‘Desiguales’, ya visibilizaba con fuerza una realidad que siempre ha existido en Chile - nuestra tremenda desigualdad-, la misma que, con esta nueva crisis, no ha hecho más que crecer y profundizarse.

 

Así lo han retratado las cifras que hemos ido conociendo, tanto a nivel macro como micro, desde marzo en adelante, con la destrucción de más de un millón de empleos,  la profundización del hacinamiento y la falta de viviendas dignas, y sin duda, con el mayor número de contagios y mortalidad por el coronavirus en las zonas con menores ingresos de Santiago y el país. 

 

Así también lo hemos podido ver -y sentir- también a través de nuestro Estudio Cambia todo Cambia, una plataforma de exploración cualitativa que busca entender cómo estamos viviendo los chilenos la crisis, y cómo ésta impacta en las distintas dimensiones de nuestra vida cotidiana, en las relaciones interpersonales y la dinámica del lugar donde habitamos, en el uso de los espacios y el hogar, en las dinámicas de trabajo, estudio, ocio y consumo. Al “entrar” en los hogares de menores ingresos, nos hemos encontrado con brechas que los números, los promedios, muchas veces, no logran visibilizar lo suficiente. 

 

El teletrabajo y la formalidad no son la norma: con el inicio de las cuarentenas, durante el mes de marzo, se hizo evidente la gran brecha en materia laboral que manteníamos como país. Mientras un bajo porcentaje de la población logró instalarse para seguir operando desde sus casas, parte importante de los hogares chilenos, con empleos mayoritariamente informales, vieron cómo desaparecían sus fuentes cotidianas de ingresos. “El que está sosteniendo la casa es mi suegro, se va a comprar una vez a las quinientas, a veces hay para el pan, a veces no... y ni qué decir de si podemos comprar yogures o los remedios”.

 

La brecha digital: mientras en los segmentos altos vemos a familias preocupadas por la cantidad de guías que mandan los colegios, o por las extensas horas de conexión que exige el teletrabajo, en los hogares de menores ingresos esas preocupaciones no existen. Y no existen, simplemente, porque la conexión y el acceso a la tecnología no están dentro de sus posibilidades. Los colegios de sus hijos no pueden dictar clases online y ellos mismos tampoco cuentan con los dispositivos ni con el presupuesto para conectarse. Quedan fuera, excluidos, profundizando así brechas en las que parecía haberse avanzado.

 

Educación, la meta que se aleja: por décadas el país logró avanzar hacia mayores tasas de escolaridad, luchando contra la deserción y ampliando el acceso en los segmentos de menores ingresos. Hoy, con la imposibilidad de estudiar en estos hogares, todo ese avance se desvanece. Las cifras nos hablan de 10 años de retroceso en materia educacional, con un gran porcentaje de alumnos que no están recibiendo el apoyo que requieren y que, lo más probable, es que terminen desertando, privilegiando el trabajo, y aumentando su exposición al riesgo social. 

 

La vivienda y el espacio físico: otro de los espacios donde se despliega con más dureza la desigualdad que sufren los segmentos de menores ingresos. Viven en espacios mucho más reducidos, con un mayor número de personas por metro cuadrado, y además con viviendas mucho más precarias en cuanto a materialidad, dando lugar a una vivencia de la crisis que no permite espacios propios ni delimitados, aumentando los roces y agudizando la tremenda desigualdad en la que viven.

 

Las brechas de género también se disparan con esta crisis en los hogares de menores ingresos: mientras aumentan las denuncias de violencia doméstica, las mujeres han visto cómo su ámbito de responsabilidad se vuelve a multiplicar, convirtiéndose una vez más en el sostén funcional y emocional de todo su círculo. Al mismo tiempo, son ellas las que más han sufrido los efectos del desempleo, retrocediendo una década en materia de participación laboral.

 

La salud, una brecha que duele más en medio de una crisis sanitaria: mientras en los segmentos altos la cuarentena se puede realizar, en los hogares de bajos recursos el confinamiento es casi inexistente. Siempre hay alguien que sale a trabajar o a buscar ingresos, arriesgándose así no sólo a contagiarse, sino que a hacerlo luego con sus familiares. Ya contagiados, el bajo acceso a la salud les entrega peores posibilidades para cuidarse y recuperarse, peor aún que antes, cuando el colapso sanitario no era generalizado.

 

Si ya teníamos brechas y desigualdades, éstas serán mucho más grandes en el escenario post-crisis… ¿Cómo reimaginamos y redefinimos qué significan los conceptos de progreso,  desarrollo y crecimiento? ¿Cuál es el rol social de las empresas y las marcas en relación a las comunidades en las que participan? ¿Cómo se fortalecen los espacios de colaboración público-privados?

 

Podríamos seguir listando las brechas, que se han acrecentado con la crisis, en los hogares de menores ingresos; o podemos concentrarnos en hacernos cargo, con esfuerzo y colaboración de todos los sectores, para que la desigualdad no siga siendo ese abismo sin fin hacia el que avanzamos como país.

 

Olga Mardones - Cali Trivelli - Andrea Garderes

© Copyrights 2016 Almabrands. Todos los derechos reservados.