Tercera edad: El desafío de reconstruir la voz y la imagen del segmento

Septiembre 16 2020 0comment

Tercera edad: El desafío de reconstruir la voz y la imagen del segmento

Columna de Natalia Donoso y Pamela Órdenes, consultoras de Almabrands.

 

Hoy más que nunca, ha quedado en evidencia la discriminación y vulnerabilidad a la cual se enfrenta la tercera edad, a nivel mundial y, naturalmente, también en Chile. El 84% de los fallecidos en esta pandemia pertenece al segmento más adulto de nuestra población; pero más allá de esta vulnerabilidad directa, hemos visto surgir temas, incluso polémicas, que nos muestran la invisibilización y vulneración de los derechos de este segmento en diversos ámbitos. Como por ejemplo, la discusión sobre la prioridad en los centros de salud respecto a la atención para personas menores de 60 años, o la aplicación de la “medida preventiva” de cuarentenas obligatorias para todos los mayores de 75 años. 
 
¿A qué se debe esto? ¿Por qué en nuestra sociedad las personas mayores son tratadas de manera radicalmente distinta a los demás adultos, en relación a los derechos, deberes y capacidades que tienen?
 
A través de nuestro estudio Cambia Todo Cambia, en el que buscamos conocer en profundidad la vivencia de los hogares chilenos en medio de la pandemia, logramos llegar a  más de 40 hogares, diversos en su nivel socioeconómico, edades, conformación de integrantes, estados laborales, entre otros. Entre ellos, un grupo muy importante fueron las personas de tercera edad. Y nuestra principal conclusión aquí ha sido que gran parte de los dolores, problemas y brechas que los afectan trasciende la pandemia. Son problemas instalados de manera transversal y perpetuados en nuestra cultura, que van en desmedro del desarrollo normal del ciclo vital que atraviesan, dejándolos relegados, supeditados a lo que otros creen, opinan y piensan que “es mejor para ellos”, desde distintas esferas de la sociedad, ya sea el núcleo familiar, entidades públicas, empleadores, marcas, etc. 
 
Existe una percepción errada frente al segmento y su realidad, una mirada sesgada que va anulando sus campos de acción. Somos una sociedad en la que la edad es muy determinante, y cada día se vuelve más excluyente con las personas mayores... ¡mayores de 60 años!. Tal como dice el geriatra Juan Carlos Molina, “Chile es definitivamente un país edadista. La Ley Zamudio incluyó todos los elementos de discriminación y no consideró el edadismo o viejismo, la discriminación por edad. Los comunicadores, periodistas, publicistas, todos, han desarrollado un constructo en que la vejez es algo negativo”.  Y aún más grave, si asumimos que todo adulto mayor, entre 60 y 100 años, es lo mismo, es como meter en un mismo saco a todos los “jóvenes entre 0 y 40 años”.
 
El lenguaje genera realidades, una frase muy cierta pero que queda corta al momento de hablar del imaginario instaurado en relación a las personas mayores. No sólo es el lenguaje, sino también la señalética, los códigos visuales, los estereotipos que inmortalizan en la retina una tercera edad desvalida, con movilidad  reducida, que está muy lejos de ser la realidad de gran parte del segmento. El 85% de las personas mayores se declara autovalente, lo cual se contrapone enormemente con la visión de las generaciones más jóvenes: el 68% de los chilenos cree que la “tercera edad” no tiene la capacidad de autovalencia, siendo que el 70% del segmento no pasa los 75 años (la edad predominante se mueve en un rango de 65 a 69 años).
 
Entonces, ni abuelitas, ni viejitos, ni ancianitos: 6 de cada 10 siguen siendo jefes de hogar. Para ellos jubilar no significa el término de la vida, ni entrar en la última etapa, más bien abre un abanico de posibilidades. Si pensamos en la expectativa de vida actual de Chile (84 años), esto abre un margen de casi 25 años más para mantenerse activos, ya que se llega con mejor salud, y con la vitalidad suficiente para seguir siendo un aporte real a la sociedad. El 65% sigue trabajando, y lo seguiría haciendo incluso en caso de no tener necesidad económica. Y considerando la tasa de envejecimiento que presenta nuestro país, prontamente se transformarán en una fuerza laboral altamente relevante.
 
La necesidad de reinvención, así como el miedo a ser una carga, son drivers que los movilizan profundamente a mantenerse activos. Es por esto que han pasado de un estadio en el cual la tecnología parecía algo ajeno, a una posición en la cual es necesario subirse al carro, seguir conectados, mantenerse informados y conocer nuevas herramientas, las que aún hoy siguen marcando una brecha que es urgente disminuir. Es el rol de toda la sociedad comenzar no sólo a facilitarles la vida, sino a enseñarles a incorporar estas nuevas tecnologías que les abrirán un nuevo mundo de posibilidades.
 
La sociedad los ha relegado a espacios en los cuales sólo se promueve la relación con sus pares, siendo que en la riqueza intergeneracional están los grandes desafíos. Es ahí donde podemos encontrar y generar la transferencia de conocimientos y de valores, y lograr crecimiento individual y profesional para todos. 
 
La invitación entonces es a:

  • Cambiar el lenguaje y la simbología: si seguimos perpetuando este imaginario de la abuelita, el viejito con problemas de movilidad, es muy difícil lograr una integración y participación activa de este segmento. 
  • Construir ciudad con ellos: una ciudad amable que sea capaz de entregar comodidad, acceso y seguridad a todas las personas que viven y transitan en ella. 
  • Cultura organizacional de valoración: que proteja, promueva y valore su participación, de manera colaborativa e integradora, con la intergeneracionalidad como un camino lleno de riqueza experiencial, que se transforme en contenedor de transferencia de valores y competencias. 
  • Facilitar espacios de complementariedad: no sólo en los hogares, sino también fuera de ellos. Trabajar en una integración a la comunidad de manera activa en la toma de decisiones. 

El momento es ahora, debemos construir dignidad para este segmento, devolverles la voz y la autonomía que merecen, y transformarnos en una sociedad inclusiva que no margina a ningún actor. Sólo así, podremos decir que logramos no sólo superar esta crisis global y local, sino sobre todo, aprender de ella y avanzar hacia un nuevo estado de desarrollo, más abierto, más integrador, más justo. 
 

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